I Una despedida

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                ¿Por qué se sentía así? Siempre era el tonto que no se expresaba en el momento que debía y no decía lo que en verdad sentía. Pero con ella era distinto, quería decirle, confesarle cuánto la amaba. Pero no, tenía miedo. Miedo a lo que ella podría pensar de él, su amigo, el chico con el que vivía peleando y que muchas veces la hacía llorar.

                Sin embargo, ahora era él el que estaba así, llorando y se le pasaba por la mente cómo debía de estar ella. ¿Estaría mal por lo que él le había dicho? ¿Dónde estaría? Quería decirle tanto, aunque no sabía si se lo podría decir algún día. Se le pasó la vaga idea de que no la volvería a ver más y se detuvo a pensar por qué estaba pensando aquella idea estúpida.

               Se sentía horrible, destruido, una lágrima traviesa le recorrió su mejilla izquierda. Si solo la hubiera dejado hablar. Si solo se hubiera tragado sus palabras al igual que ella se las hizo tragar cuando de repente lo besó,  por un extraño pensamiento suyo de salvar a los elfos de las cocinas. Pero lo hizo, no sabía por qué. Se preguntó si se debía a los elfos, pero sonaba tonto. No tenía sentido besar a una persona porque dijo un comentario tan lindo de su parte, se debía a otra cosa quizás, otra cosa que tal vez la misma Hermione le iba a confesar cuando no la dejó hablar. Aquel beso fue el más maravilloso que le habían dado en su vida. Se sintió tan bien aquel día, la guerra que se estaba librando en el mismo lugar que ellos estaban, parecía que había desaparecido. Hasta que su mejor amigo lo hizo despertar de su tan hermosa fantasía diciéndoles "estamos en guerra". 

              Pasaron varias cosas en esa semana y ellos desde aquel dos de mayo estaban sin dirigirse la palabra. Se generaban esas estúpidas peleas porque él nunca se tragaba su orgullo. Si esto no hubiera pasado estarían ahora hablando normalmente, como varias veces lo hacían.              

             Todos estos pensamientos le abrumaban su mente, mientras él se encontraba recostado en su cama en medio de la oscuridad de su habitación, en la Madriguera. Recordaba lo que había pasado, hacía tres horas...

              Estaba Hermione, Ginny y él en la cocina, sentados en la gran mesa. Harry se había ido hacía no menos de media hora a visitar a su ahijado Teddy, mientras que ellos se habían quedado conversando allí. Las miradas de indiferencia entre Ron y Hermione seguían presentes, la única que hablaba y le dirigían la palabra era a Ginny, que les preguntaba cosas que tenía planeado hacer. Los dos parecían que estaban en otro lado, no en la misma Madriguera. Pasados unos quince minutos de esa incómoda situación, Hermione rompió el hielo y dijo:     

              —Ronald, necesitamos hablar —su tono fue decidido y él se sintió como un tonto porque ella nunca se dirigía a él como "Ronald", lo único que él hizo fue asentir con su cabeza.                   

              —Los dejo entonces —suspiró Ginny, mientras se paraba. 

              —Está bien —le contestó Hermione mientras que al mismo tiempo Ginny se dirigía para afuera y al cerrar ella la puerta, dentro de la Madriguera se formó un silencio demasiado incómodo.

               Se habían quedado solos, todos estaban haciendo algo, pero ellos no, ellos estaban disfrutando de las pocas horas que quedaban de ese hermoso día que había hecho, digno de primavera. No había ni una sola nube que opacara el cielo azul, a no ser por ellos, con sus grandes ojeras desde hacía varios días y estresados por la tan larga semana que les tocó vivir. La tristeza por la pérdida seguía latente, el entierro de Fred, la reconstrucción de Hogwarts, la desesperación por no dirigirse ninguno de los dos la palabra, las largas charlas que dieron como testigos de todo lo ocurrido. De todas formas, para Ron, ella se veía perfecta, había crecido tanto. 

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